lunes, 3 de febrero de 2014

Muerte

Está respirando en mi nuca, me sigue y no me deja en paz, siempre fue pequeña, siempre le tomé por insignificante, y ahora... le temía más que a nadie.

Sus manos eran frías, rodearon mi cuello y comenzaron a estrangularme, no comprendía lo que decía, su voz era peor que la de un violador, y su aliento... ese asqueroso aliento que te hace voltear hacia otro lado para evitar respirarlo y vomitar. Su asqueroso aliento entraba por mis poros e invadía mi cuerpo pudriendo hasta el último centímetro de mis extremidades, me estaba dejando sin vida.

Lloré, patalié, todos miraban más nadie hacía caso; rogaba piedad, algunos se reían, a todos ellos conocía. ¿Qué había hecho yo para merecer tal crueldad?
Me clavó un puñal por la espalda, caí de rodillas escupiendo sangre, llorando y moqueando como una cascada; me miró, pero yo a ella no, tomó uno de mis brazos y con una cuchilla lo cortó desde la muñeca al hombro; hizo lo mismo con el otro. Pude notar una sonrisa, me tomó del cuello y levantó hasta tenernos cara a cara, rozó mi mejilla con su mano y besó mi pómulo húmedo por el llanto, con una navaja dio fin a nuestro encuentro y cortó mi cuello.
Ambas quedamos satisfechas con el resultado.

Tengo que decir que esto lo escribí cuando tenía como doce años, lo he encontrado entre unos dibujos (Mejoré la ortografía obviamente). Me ha dado pena pensar que desde hace tiempo pensaba así.


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