Me suicidé en un ataque de locura, jamás había pensado llegar tan lejos.
Fue una de esas veces donde me sentaba en el rincón más oscuro de mi habitación a llorar, cogía las cuchillas y separaba con ellas mi piel, dejando todo libre, liberando los sentimientos que me hacían sentir tan mal, escapando.
Lo que hizo diferente a ese día es que me había aburrido de la rutina; sentarme, llorar, cortar... mis demonios estaban aburridos de ello, yo sólo asentía.
Y ahí estaba yo, después de resistir tanto para no cortar mis brazos por miedo a llamar la atención, lo estaba apunto de hacer. Recordé toda palabra, todo insulto, toda mirada; tenía rabia con el mundo, les odiaba a todos, me odiaba a mí.
Recordé de mi madre aquella frase que tanto decía "Vamos, inténtalo, eres demasiado cobarde"; ¿Qué pensará ella ahora? ¿será ella la que llora y yo no? ¿quien será capaz de limpiar mi sangre de su hermoso suelo de azulejo?
Corté en vertical, me dejé llevar, una, dos, tres veces... este tiene que estar más profundo.
Mirada borrosa, soy la cobarde más valiente, madre.
