Desperté por llamarle así, realmente sólo abrí los ojos porque mi mente aún seguía en el limbo, viajando entre mis recuerdos he intentando recordar como era tu cara. Analicé el techo, parecía un fondo blanquecino como la piel del pelirrojo de mi clase de francés, le faltaba color pero también la mancha café que observaba cada mañana al despertar para el colegio, no estaba más y yo tampoco.
Reuní fuerzas para concentrarlas en mi brazo y lo levanté ahí donde mi vista miope pudiera verlo, tenía otra aguja insertada que llegaba hasta lo que parecía una bolsa de aluminio. Evoqué el recuerdo de aquella vez donde quise recalentar la cena del día anterior en un bowl de aluminio en el microondas, completo desastre decía mi madre.
Alcancé un espejo que estaba a pocos centímetros de mí sobre una mesa de noche; me encontré cara a cara con la fealdad envuelta en carne humana y entonces desperté realmente, me pude contemplar casi calva y con ojeras pronunciadas, parecía que habían chupado mi cara y habían quitado toda energía vital de mi cuerpo, lamí mis labios, estoy segura de que les aplicaron aire caliente con una secadora.
Lo más triste de todo fue cuando las miradas con el espejo se cruzaron, dicen que los ojos son las ventanas del alma, mi alma debe estar muy desolada y enferma, algo así como un cáncer de alma.
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